Viaje a Haití desde Rep. Dominicana

Debo reconocer que cuando me comentaron acerca de hacer un viaje a Haití, tuve mis dudas. De hecho, Haití no es un país que reciba muchos turistas. En 2010 recibió sólo 250.000 turistas. En 2015 ya se duplicó la cifra y el país recibió a 516.000 turistas. Vivo en un país, República Dominicana, que el pasado año recibió casi 6.000.000 turistas.

Haití es un país devastado por las catástrofes naturales. Esto, unido a las inestabilidades políticas, no ha permitido que el país pueda prosperar económicamente. El último censo poblacional (2016) nos arroja la cifra de 10.847.334 habitantes. Hay que tener en cuenta que Haití es un país rural en su mayor parte, por lo que es posible que esta cifra sea mucho mayor. Esto hace que Haití sea el país con menor PIB per cápita de toda América Latina, con 828,81 USD.

Todos estos datos, unidos a las noticias de violencia que había leído no hacían que Haití fuese un viaje muy apetecible para hacer turismo. Pero es que pronto me iba a dar cuenta que esto no sería un viaje de turismo. En este viaje nos íbamos a convertir en verdaderos viajeros.

Se dice que un turista se convierte en viajero cuando experimenta al 100% el país que visita. Cuando se involucra con sus habitantes, y cuando conoce la realidad del país de primera mano. Y cuando no se muestra como un simple observador. Y que cuando regresa ya no es la misma persona. Que sufre una transformación y que hay cosas dentro de uno que se mueven sin saber bien el qué. Esta podría ser la descripción perfecta de nuestro viaje a Haití.

Íbamos con muy malas referencias. Estamos acostumbrados a escuchar que Haití es un país muy peligroso. Con una tasa de criminalidad muy alta y que los haitianos destruyen todo lo que encuentran a su paso. Hay un mito que circula por ahí que cuenta que los haitianos, al verse en la necesidad de cocinar sin electricidad ni gas, han destruido la mayor parte de su masa forestal. Por lo que lo que ha quedado es un país muy feo. Bueno, déjame decirte que todo esto es mentira. Haití es un país precioso. Con una masa forestal enorme, unos campos verdes que no acaban nunca, y unas playas vírgenes increíbles. Mi consejo es que nunca creas al 100% todo lo que te dicen. Si tienes oportunidad compruébalo por ti mismo.

Creo que como viajero, Haití ha sido de las mejores experiencias de mi vida. Por un lado, estar en un país completamente salvaje y virgen. Y por otra la de poder descubrir de primera mano que las experiencias personales pueden diferir mucho de las historias que te puedan contar.

Inicio del viaje

Habíamos quedado con un contacto local en que nos irían a buscar a la frontera para coger rumbo a Cabo Haitiano, una de las mayores ciudades de próximas a República Dominicana. La frontera de Dajabon intimida a primera vista si no estás acostumbrado a ambientes abarrotados dónde tú eres ”el blanquito”. Tras unas cuantas horas de trayecto hacia Dajabon, y cuando ya estábamos a punto de cruzar la frontera, recibimos una llamada informándonos que el vehículo que venía a nuestro encuentro se rompió a 3 horas de nuestro punto de encuentro. Primer contratiempo. Con el paso de los días nos daremos cuenta que estos contratiempos son muy habituales en el país, o de países no tan desarrollados. Así que en ese momento nos encontramos con la tesitura de si esperamos por el conductor, y perdemos el día, o nos aventuramos a cruzar con 200 libras de arroz y provisiones que llevábamos con la intención de repartir entre familias necesitadas con la ayuda de nuestro contacto local. La decisión fue cruzar y tratar de conseguir un transporte hasta Cabo Haitiano. Logramos cruzar con una motocicleta que acordó que nos llevaría hasta la estación de guaguas, donde nos conseguiría un transporte para llegar hasta Cabo Haitiano. Ese transporte resultó ser una ranchera en la que compartiríamos viaje con 4 personas más que se nos sumaron. La estación de guaguas es un lugar caótico, en la que además no están acostumbrados a ver viajeros, por lo que durante un buen rato fuimos el centro de atención. Ahí aprovechamos para comprar unas tarjetas SIM, gracias a las cuales pudimos comprobar que las telecomunicaciones en el país han mejorado muchísimo en los últimos años. Por el precio de 1 USD compramos unas tarjetas que nos permitían hacer llamadas y además navegar por internet casi todo el viaje. ¡Increíble!

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Con esta motocicleta pudimos cruzar la frontera hasta la primera estación de guaguas.

Cabo Haitiano tiene unas playas increíbles, y una de las mayores tirolinas del Caribe. Pero resulta que al ser destino de cruceros, el acceso al puerto donde atracan los grandes barcos es infranqueable y si quieres tirarte de la tirolina debes pedir permiso en la oficina que se encuentra en la ciudad. Es decir, o eres un usuario del crucero, o tienes que pedir permiso para poder acceder a dicha área, arriesgándote a que no te dejen pasar, así que decidimos quedarnos por el área y buscar algún sitio donde comer.

Tras pasar el día completo en Labadee, al día siguiente decidimos salir temprano a La Citadelle. Después de dar por concluido nuestro viaje por el norte del país, salimos de la ciudad con la intención de ir a Jacmel, donde nos habían dicho que hay un hotel con unas casas-árbol increíblemente bonitas. Nos preocupaba que habíamos salido de Cabo Haitiano muy tarde, por lo que de seguro nos cogería la noche en el camino. Cuando llevábamos casi 3 horas, y a falta aún de otras 3 horas de trayecto, el coche en el que íbamos se frenó de repente. Se nos había salido una rueda. Con llanta y todo. Así que ahí estábamos, casi en plena noche, en medio de un poblado con el coche varado en la carretera. Tras varios intentos fallidos por repararlo, comenzó a sentirse la tensión en el ambiente. La reparación del coche tendría que ser al día siguiente. Con este retraso no había manera de llegar a Jacmel, nuestro destino inicial, por lo que debíamos ir pensando en una alternativa.

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Momento de nuestra llegada a la estación de guaguas. El de camiseta roja es Colignon, el que luego se convertiría en nuestro chófer y guía durante todo el viaje.

Y esa alternativa apareció. El chófer de un camión que se dirigía a Puerto Príncipe se ofreció a llevarnos. Lo que no esperábamos es que iríamos 2 horas en un contenedor de 40 pies cargado de sacos de plátanos y carbón, lo que haría el viaje cuanto menos curioso y, al menos para mí, único en lo que llevo de vida.

Decidimos no seguir hasta Puerto Príncipe esa noche, porque el grupo no se sentía cómodo al llegar a una capital tan peligrosa a las 4 de la mañana. Así que decidimos pasar la noche en Gonaïves, una ciudad que, si no te quedas sin una llanta en medio del camino, no te recomiendo que pares a visitar. La ciudad no nos pareció peligrosa, pero es una ciudad que no tiene ningún tipo de atracción turística.

A la mañana siguiente nos vendría a buscar un contacto de nuestro amigo para llevarnos hasta la capital, desde donde iríamos a visitar uno de los lugares más espectaculares del país. Nuestra visita a Bassin Bleu fue increíble y mereció completamente la pena. Una vez lleguen al lugar es muy probable que te aborden unas cuantas personas, ofreciéndote su ayuda. Mi consejo es que sigas caminando y preguntes por la oficina de turismo local. No sé si lo que pagas va a acabar realmente a la comunidad, pero mi conciencia se queda más tranquila al pensarlo.

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Cascada de Bassin Bleu

Puerto Príncipe.

Puerto Príncipe es quizás una de las ciudades más desiguales en las que he podido estar. Mientras, por un lado, te encuentras atravesando calle atestadas de gente rebuscando entre montañas de basura, en unos minutos puedes entrar en Petionville y cenar en un restaurante de lujo por el precio que lo harías en Nueva York o en Madrid. Es muy impactante este choque. Como no teníamos mucho tiempo, sólo pudimos disfrutar de una cena y unas copas en un bar muy animado. Espero volver algún día.

Llegó la hora de regresar a casa. Aún nos quedaban 6 horas por delante a través de esas carreteras de tierra llenas de socavones. La frontera ese día cerraba a las 16.00, así que no íbamos muy sobrados de tiempo. Una vez más Colignon nos ayudaría y condujo todo lo rápido que pudo hasta la frontera. Una vez allí nos ayudó a pasar el control fronterizo. Esa zona es su casa, por ello la gente le respeta. Hasta que no nos vio cruzar la frontera, no se quedó tranquilo, una muestra más de su nobleza.

Nuestro viaje había terminado. Como traté de explicar al inicio del artículo, Haití es uno de eso viajes que te cambia. Es un sitio al que no vas a comer en los sitios más lujosos, ni vas a visitar grandes monumentos. Pero que te enseña que se puede ser feliz con muy poco, y que siempre hay que levantarse a pesar de las adversidades. Deseo que Haití pueda superar todos los obstáculos que se le interpongan, y que pueda prosperar. Parece que el recién nombrado presidente, un empresario bananero, pueda ayudar con sus políticas de desarrollo a que el país tenga un crecimiento que mejore la vida de todos los haitianos. Sólo el transcurso del tiempo podrá demostrarlo. A mi Haití me ha demostrado que a pesar de las adversidades, es un pueblo que siempre sale adelante. Espero volver algún día y poder contribuir de alguna manera al desarrollo del país.

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